Escritora y novelista francesa. Nacida en una familia de la alta burguesía, rompió pronto con la fe religiosa y las tradiciones de su infancia. Estudió filosofía en la Sorbona y se dedicó a la enseñanza hasta 1943. Su amistad y su vida en común con Jean Paul Sartre ha influido decisivamente en su obra, adscrita a la corriente existencialista francesa.
Destaca como novelista: L'invitée (1943); Le sang des autres (1944); Tous les hommes sont mortels (1946); Les madarins (1955), que le valió el premio Goncourt; Les belles images (1966); La femme rompue (1967), colección de tres novelas cortas.
En el género ensayístico obtuvo un gran éxito con su vasto y polémico estudio Le deuxième sexe (dos volúmenes, 1949-1950), sobre la condición de la mujer, al que hay que añadir otrso trabajos importantes como Phyrrhus et Cinéas (1944) y Pour une morale de l'ambigüité (1947).
Autora asimismo de la pieza teatral Les bouches inutiles (1945). Fundadora, con Sartre, de la revista «Les Temps Modernes». Con Mémoires d'une jeune fille rangée (1958) inició un ciclo autobiográfico, completado con La force de l'age (1960) y La force des choses (1963), y al que se podrían añadir el relato Une morte trés douce (1964) y el ensayo La vieillesse (1970).
Sus obras ofrecen una visión sumamente reveladora de su vida y su tiempo. Entre sus ensayos escritos cabe destacar El segundo sexo (1949), un profundo análisis sobre el papel de las mujeres en la sociedad; La vejez (1970), sobre el proceso de envejecimiento donde critica apasionadamente la actitud de la sociedad hacia los ancianos, y La ceremonia del adiós (1981), donde evoca la figura de su compañero y colega de tantos años, Jean Paul Sartre.
Pyrrhus et Cinéas (fragmento)
" Porque el hombre es trascendencia, jamás podrá imaginar un paraíso. El paraíso es el reposo, la trascendencia negada, un estado de cosas ya dado, sin posible superación. Pero en ese caso ¿qué haremos?, Para que el aire sea respirable tendrá que dejar paso a las acciones, a los deseos, que a su vez tenemos que superar: tendrá que dejar de ser paraíso. La belleza de la tierra prometida es que ella prometía nuevas promesas. Los paraísos inmóviles no pueden prometer más que un eterno aburrimiento.
(...)
Si Dios es la infinitud y la plenitud del ser, no hay distancia entre su proyecto y su ser realidad, su voluntad es el fundamento inmóvil de su ser. Lo que quiere se hace, quiere cuanto es... Tal Dios no es una persona singular, es el universal, el todo inmutable y eterno. Y lo universal es silencioso... La perfección de su ser no deja ningún lugar al hombre porque el hombre no podría trascenderse en Dios si Dios ya está todo entero dado. En tal caso el hombre no es más que un accidente indiferente a la realidad del ser; está en la tierra como un explorador perdido en el desierto; puede ir a la derecha o a la izquierda, puede ir a donde quiera; jamás irá a ningún lugar y la arena cubrirá sus huellas. "