Procedente de la nobleza, era la décima hija de Hildeberto y Mechtild, quienes la destinaron al servicio de la Iglesia al cumplir los ocho años, haciéndole ingresar como novicia en el convento de clausura benedictino de Disibodenberg. Según parece, en este cenobio recibió una excelente educación de mano de su entonces abadesa, hermana del conde Meginhardo, Jutta von Spanheim.
En su vida, tal como nos la han transmitido diversos autores, se mezclan elementos legendarios y fantásticos con otros ciertos y bien documentados. Varias fuentes señalan que le fue impuesto el velo a los quince años, lo que quiere decir que profesó como monja en 1113. Hay quien dice que en estos años llevó una vida de estudio, tranquila y sin incidentes, hasta que aparecieron sus primeras visiones y revelaciones. Tampoco faltan quienes defienden que ya desde su infancia tenía visiones, y que éstas se intensificaron más tarde.
Por otra parte, mujer adelantada a su tiempo, máxime si consideramos que se trataba de una monja de clausura, abordó los géneros más diversos en su numerosa obra literaria. Su visión de la vida le llevó a redactar escritos científicos (como el denominado “Fragmento de Berlín”). En su obra médica, que plasmó básicamente en su Causæ et curæ, llegó a tratar sobre asuntos tan dispares como la circulación de la sangre, las cefaleas, vapores y vértigos, la demencia y determinadas obsesiones. Versó asimismo sobre historia natural en su Physica, donde escribió interesantes estudios sobre física, botánica y zoología (los elementos, plantas y árboles, minerales, peces, pájaros, cuadrúpedos y reptiles, etc.).
Mantuvo una numerosa correspondencia, en alemán y en latín, con los más destacados personajes de la época, entre ellos varios papas, emperadores, reyes y príncipes, prelados, obispos y arzobispos, abades y abadesas, clérigos menores, monjes o gobernantes seglares. Tras el crédito público dado a su obra por el papa Eugenio , muchos dirigentes políticos pidieron su consejo, que Hildegarda se apresuró a ofrecer en sus cartas y sermones, no sin antes “instruirles” y aun orientarles con cierta autoridad sobre las decisiones que debían tomar, reprobando aquellas que a su juicio lo merecían y opinando especialmente sobre la reforma de la Iglesia. Sabemos que ya hacia el año 1148 gozaba de gran crédito por toda Europa. Sus innovaciones en el terreno de las artes y las letras llegaron hasta el terreno de la escenificación (sus monjas vestirían largos vestidos blancos y coronas doradas mientras entonarían salmos, etc.).
La interesante vida de esta mujer excepcional mantiene el interés hasta el final de sus días. A pesar de su prestigio extendido por toda Europa, parece que Hildegarda y sus hermanas tuvieron serias dificultades con el cabildo de Maguncia en los últimos años de su vida al haber enterrado en su cementerio a un excomulgado. Pero la abadesa apeló con éxito a su arzobispo. Era hasta buena abogada.
Hildegarda murió habiendo rebasado la barrera de los ochenta años, hecho excepcional para la época. Tras su fallecimiento se iniciaron los procesos necesarios para elevarla a los altares. Se le atribuyeron varios milagros en vida e incluso otros después de su muerte. Durante los siglos XIII y XIV, acrecentada su fama, se intensificaron los esfuerzos para declararla santa. Hoy día se le considera Santa y está propuesta para nombrarla Doctora de la Iglesia.