TERESA DE JESÚS

Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila de los Caballeros en 1515.

En 1534 ingresa en el convento carmelita de la Encarnación de Ávila, donde más tarde experimentará visiones místicas. En 1560 propone reformar la orden, y dos años después consigue la autorización de Pío IV y funda un convento en Ávila al que seguirán otros.

Estas reformas fueron adoptadas por la mayoría de los carmelitas de todo el mundo. Sufrió diversas persecuciones y fue procesada en Sevilla por la Inquisición.

Murió en Alba de Torres en 1582. En 1614 fue beatificada, y en 1622, canonizada. En 1970 fue proclamada doctora de la Iglesia.

Carta del maestro Fray Luis de León

A las madres priora Ana de Jesús, y religiosas descalzas del monasterio de Madrid

Salud en Jesucristo

     Yo no conocí, ni vi a la santa madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas ahora que vive en el cielo la conozco, y veo casi siempre en dos imágenes vivas, que nos dejó de sí, que son sus hijas, y sus libros, que a mi juicio son también testigos fieles, y mejores de toda excepción de la grande virtud; porque las figuras de su rostro, si las viera, mostráranme su cuerpo, y sus palabras, si las oyera, me declararan algo de la virtud de su alma; y lo primero era común, y lo segundo sujeto a engaño, de que carecen estas dos cosas, en que la veo ahora: que como el Sabio dice, el hombre en sus hijos se conoce. Porque los frutos que cada uno deja de sí cuando falta, ésos son el verdadero testigo de su vida, y por tal le tiene Cristo, cuando en el Evangelio, para diferenciar al malo del bueno, nos remite solamente a sus frutos. De sus frutos, dice los conoceréis. Así que la virtud, y santidad de la santa, madre Teresa, que viéndola a ella me pudiera ser dudosa, e incierta, esta misma ahora no viéndola, y viendo sus libros, y las obras de sus manos, que son sus hijas, tengo por cierta, y muy clara, porque, por la virtud que en todas resplandece, se conoce sin engaño la mucha gracia que puso Dios en la que hizo para Madre de este nuevo milagro, que por tal debe ser tenido, lo que en ellas Dios ahora hace, y por ellas. Que si es milagro lo que viene fuera de lo que por orden natural acontece, hay en este hecho tantas cosas extraordinarias, y nuevas, que llamarle milagro es poco, porque es un ayuntamiento de muchos milagros. Que un milagro es, que una mujer, y sola, haya reducido a perfección una Orden en mujeres, y hombres. Y otro la grande perfección a que los redujo. Y otro, y tercero, el grandísimo crecimiento que ha venido en tan pocos años, y de tan pequeños principios, que cada una por sí son cosas muy dignas de considerar. Porque, no siendo de las mujeres el enseñar, sino el ser enseñadas, como lo escribe san Pablo, luego se ve, que es maravilla nueva una flaca mujer tan animosa, que emprendiese una cosa tan grande, y tan sabia, y eficaz, que saliese con ella, y robase los corazones, que trataba para hacerlos de Dios, y llenase las gentes en pos de sí, a todo lo que aborrece el sentido. En que (a lo que yo puedo juzgar quiso Dios en este tiempo, cuando parece triunfa el demonio en la muchedumbre de los infieles, que le siguen, y en la porfía de tantos pueblos de herejes, que hacen sus partes, y en los muchos vicios de los fieles que son de su bando, para envilecerle, y para hacer burla dél, ponerle delante, no un hombre valiente rodeado de letras, sino una mujer pobre, y sola que le desafiase y levantase bandera contra él, y hiciese públicamente gente que le venza, huelle, y acocee: y quiso sin duda para demostración de lo mucho que, puede en esta edad, a donde tantos millares de hombres, unos con sus errados ingenios, y otros con sus perdidas costumbres aportillan su reino, que una mujer alumbrase los entendimientos, y ordenase las costumbres de muchos, que cada día crecen para reparar estas quiebras. Y en esta vejez de la Iglesia tuvo por bien de mostrarnos, que no se envejece su gracia, ni es ahora menos la virtud de su espíritu, que, fue en los primeros, y felices tiempos della, pues con medios más flacos en linaje, que entonces, hace lo mismo, o casi lo mismo, que entonces. Y no es menos clara, ni menos milagrosa la segunda imagen, que, dije, que son las escrituras, y libros, en los cuales, sin ninguna duda quiso el Espíritu Santo, que, la santa madre Teresa fuese un ejemplo rarísimo; porque en la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza, y calidad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza, y facilidad del estilo, y en la gracia, y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada, que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale. Y así siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes dellos me parece, que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo sino que habla el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que le regía la pluma, y la mano, que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas escuras, y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee. Que dejados aparte otros muchos, y grandes provechos, que hallan los que leen estos libros, dos son a mi parecer los que con más eficacia hacen. Uno facilitar en el ánimo de los lectores el camino de la virtud. Y otro encenderlos en el amor della, y de Dios. Porque en lo uno es cosa maravillosa, ver cómo ponen a Dios delante, los ojos del alma, y como le muestran tan fácil para ser hallado, y tan dulce tan amigable para los que le hallan; y en los otro no solamente con todas mas con cada una de sus palabras, pega al alma fuego del cielo, que, le abrasa, y deshace. Y quitándole de los ojos, y del sentido todas las dificultades que hay, no para que no las vea, sino para que no las estime, ni precie, déjanla, no solamente desengañada de lo que la falsa imaginación le ofrecía, sino descargada de su peso y tibieza, y tan alentada, y (si se puede decir así) tan ansiosa del bien, que vuela luego a él con el deseo que hierve. Que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía, salió como pegado en sus palabras, de manera, que levantan llama por donde quiera que pasan. Así que tornando al principio, si no la vi mientras estuvo en la tierra, ahora la veo en sus libros, y hijas. O por decirlo mejor, en Vuestras Reverencias solas las veo ahora, que de son sus hijas de las más parecidas a sus costumbres, y son retrato vivo de sus escrituras, y libros. Los libros que salen a luz, y el Consejo Real me cometió que los viese, puedo yo con derecho enderezarlos a ese santo convento, como de hecho lo hago, por el trabajo que he puesto en ellos, que no ha sido pequeño. Porque no solamente he trabajado en verlos, y examinarlos, que es lo que el Consejo mandó, sino también en cotejarlos con los originales mismos que estuvieron en mi poder muchos días, y en reducirlos a su propia pureza en la misma manera, que los dejó escritos de su mano la santa madre, sin mudarlos, ni en palabras, ni en cosas de que se habían apartado mucho los trabajos que andaban, o por descuido de los escribientes, o por atrevimiento, y error. Que hacer mudanza en las cosas, que escribió un pecho en quien Dios vivía, y que se presume le movía a escribirlas, fue atrevimiento grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras; porque si entendieran bien castellano, vieran que el de la santa madre es la misma elegancia aunque en algunas partes de lo que escribe antes que acabe la razón que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe el hilo, comenzando muchas veces con cosas que ingiere; mas ingiérelas tan diestramente, y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio le acarrea hermosura, y es el lunar del refrán. Así que yo los he restituido a su primera pureza. Mas porque no hay cosa tan buena, en que la mala condición de los hombres no pueda levantar un achaque, será bien aquí (y hablando con Vuestras Reverencias) responder con brevedad a los pensamientos de algunos. Cuéntanse en estos libros revelaciones, y trátanse en ellos cosas interiores, que pasan en la oración, apartadas del sentido ordinario, y habrá por ventura quien diga en las revelaciones, que es caso dudoso, y que así no convenía que saliesen a luz; y en lo que toca al trato interior del alma con Dios, que es negocio muy espiritual, y de pocos, y que ponerlo en público a todos, podrá ser ocasión de peligro. En que verdaderamente se engañan. Porque en lo primero de las revelaciones, así como es cierto, que el demonio se transfigura algunas veces en ángel de luz, y burla, y engaña las almas con apariencias fingidas; así también es cosa sin duda, y de fe, que el Espíritu Santo habla con los suyos, y se les muestra por diferentes maneras, o para su provecho, o para el ajeno. Y como las revelaciones primeras no se han de escribir, ni aprobar, porque son ilusiones; así estas segundas merecen ser sabidas, y escritas. Que como el ángel dijo a Tobías El secreto del rey bueno es esconderlo, mas de las obras de Dios, cosa santa, y debida es manifestarlas, y descubrirlas. ¿Qué santo hay que no haya tenido alguna revelación? ¿O qué visa de santo se escribe, en que no se escriban las revelaciones que tuvo? Las historias de las Órdenes de los santos Domingo, y Francisco, andan en las manos, y en los ojos de todos, y casi no hay hoja en ellas sin revelación, o de los fundadores, o de sus discípulos. Habla Dios con sus amigos sin duda ninguna, y no les habla, para que nadie lo sepa, sino para que tenga a juicio lo que les dice, que como es luz, ámala en todas sus cosas; como busca la salud de los hombres, nunca hace estas mercedes especiales a uno, sino para aprovechar por medio dél a otros muchos. Mientras se dudó de la virtud de la santa madre Teresa, y mientras hubo gentes que pensaron al revés de lo que era, porque aún no se veía la manera en que Dios aprobaba sus obras, bien fue que estas historias no saliesen a luz, ni anduviesen en público, para excusar la temeridad de los juicios de algunos; mas ahora después de su muerte, cuando las mismas cosas, y el suceso dellas hacen certidumbre que es Dios, y cuando el milagro de la incorrupción de su cuerpo, y otros milagros que cada día hace, nos ponen fuera de toda duda su santidad, encubrir las mercedes que Dios le hizo viviendo, y no querer publicar los medios con que la peficionó para bien de tantas gentes, sería en cierta manera hacer injuria al Espíritu Santo, y escurecer sus maravillas, y poner velo a su gloria. Y así ninguno que bien juzgare, tendrá por bueno que estas revelaciones se encubran. Que lo que algunos dicen, ser inconveniente, que la santa madre misma escriba sus revelaciones de sí, para lo que toca a ella, y a su humildad, y modestia, no lo es, porque las escribió mandada, y forzada, para lo que toca a nosotros, y a nuestro crédito, antes es lo más conveniente. Porque de cualquiera otro que las escribiera, se pudiera tener duda, si se engañaba, o si quería engañar, lo que no se puede presumir de la santa madre, que escribía lo que pasaba por ella: y era tan santa, que no trocara la verdad en cosas tan grayes. Lo que yo de algunos temo es, que disgustan de semejantes escritura, no por el engaño, que puede haber en ellas, sino por el que ellos tienen en sí, que no les deja creer, que se humana Dios tanto con nadie, que no lo pensarían, si considerasen eso mismo que creen. Porque si confiesan que Dios se hizo hombre, ¿qué dudan de que hable con el hombre? Y si creen que fue crucificado, y azotado por ellos, ¿qué se espantan que se regale con ellos? ¿Es más aparecer a un siervo o suyo, y hablarle, o hacerse él como siervo nuestro, y padecer muerte? Anímense los hombres a buscar a Dios por el camino que él nos enseña, que es la fe, y la caridad, y la verdadera guarda de su ley, y consejos, que lo menos será hacerles semejantes mercedes. Así que los que no juzgan bien destas revelaciones, si es porque, no creen que las hay, viven en grandísimo error: y si es porque algunas de las que hay son engañosas, obligados están a juzgar bien de las que la conocida santidad de sus autores aprueba por verdaderas, cuales son las que se escriben aquí. Cuya historia, no solo no es peligrosa en esta materia de revelaciones, mas es provechosa, y necesaria para el conocimiento de las huellas en aquellos que la tuvieren. Porque no cuenta desnudamente las que Dios comunicó a la santa madre Teresa, sino dice también las diligencias que ella hizo para examinarlas, muestra las señales que dejan de sí las verdaderas, y el juicio que debemos hacer dellas, y si se ha de apetecer, o rehusar el tenerlas. Porque lo primero, esa escritura nos enseña, que las que son de Dios, producen siempre en el alma muchas virtudes, así para el bien de quien las recibe, como para la salud de otros muchos. Y lo segundo nos avisa, que no habemos de gobernarnos por ellas, porque la regla de la vida es la doctrina de la Iglesia, y lo que tiene Dios revelado en sus libros, y lo que diría la sana, y verdadera razón. Lo otro nos dice, que no las apetezcamos, ni pensemos que está en ellas la perfección del espíritu, o que son señales ciertas de la gracia, porque el bien de las almas está propiamente en amar a Dios más, y en el padecer más por él, y en la mayor mortificación de los afectos, y mayor desnudez, desasimiento de nosotros mismos, y de todas las cosas. Y lo mismo que nos enseña con las palabras aquella escritura, nos lo demuestra luego con el ejemplo de la misma santa madre, de quien nos cuenta el recelo con que anduvo siempre en todas sus revelaciones, y el examen que dellas hizo, y como siempre se gobernó, no tanto por ellas, cuanto por lo que le mandaban sus prelados, y confesores, con ser ellas tan notoriamente buenas, cuanto mostraron los efectos de reformación que en ella hicieron, y en toda su Orden. Así que las revelaciones que aquí se cuentan, ni son dudosas, ni abren puerta para las que son, antes descubren luz para conocer las que lo fueren; y son para aqueste conocimiento como la piedra del toque estos libros. Resta ahora decir algo a los que hallan peligro en ellos, por la delicadeza de lo que tratan, que dicen no es para todos, porque como haya tres maneras de gentes, unos que tratan de oración, otros que si quisiesen, podrían tratar de ella, otros que no podrían por la condición de su estado: pregunto yo, ¿cuáles son los que destos peligran? ¿Los espirituales? No, sino es daño saber uno eso mismo que hace, y profesa. ¿Los que tienen disposición para serlo? Mucho menos, porque tienen aquí, no solo quien los guíe cuando lo fueren, sino quien los anime, y encienda a que lo sean, que es un grandísimo bien. Pues los terceros ¿en qué tienen peligro? ¿En saber que es amoroso Dios con los hombres? ¿Que quién se desnuda de todo le halla? ¿Los regalos que hace a las almas? ¿La diferencia de gustos que les da? ¿La manera cómo los apura, y alma? ¿Qué hay aquí, que sabido, no santifique a quien lo leyere? ¿Que no críe en la admiración de Dios, y que no le encienda en su amor? Que, si la consideración destas obras exteriores que hace Dios en la oración, y gobernación de las cosas, es escuela de común provecho para todos los hombres, ¿el conocimiento de sus maravillas secretas, cómo puede ser dañoso a ninguno? Y cuando alguna, por su mala disposición, sacara daño, ¿era justo por eso cerrar la puerta a tanto provecho, y de tantos? No se publique el Evangelio, porque, en quien no lo recibe es ocasión de mayor perdición, como san Pablo decía. ¿Qué escrituras hay, aunque entren las sagradas en ellas, de que un ánimo mal dispuesto no pueda concebir un error? En el juzgar de las cosas, débese entender a si ellas son buenas en sí, y convenientes para sus fines, y no a lo que fiará dellas el mal uso de algunos: que si a esto se mira, ninguna hay tan santa, que no se pueda vedar. ¿Qué más santos que los Sacramentos? ¿Cuántos por el mal uso dellos se hacen peores? El demonio como sagaz, y que vela en dañarnos, muda diferentes colores, y muéstrase en los entendimientos de algunos recatado, y cuidadoso del bien de los prójimos, para por excusar un daño particular, quitar de los ojos de todos lo que es bueno, y provechoso en común. Bien sabe él que perderá más en los que se mejoraren, y hicieren espirituales perfectos, ayudados con la lición destos libros, que ganará en la ignorancia, o malicia de cual, o cual que por su disposición se ofendiere. Y así por no perder aquellos, enrarece, y pone delante los ojos el daño de aquestos, que él por otros mil caminos tiene dañados; aunque como decía, no sé ninguno tan mal dispuesto, que saque daño de saber, que Dios es dulce, con sus amigos, y de saber cuán dulce es, y de conocer por qué caminos se le llegan las almas, a que se endereza toda aquella escritura. Solamente me recelo de unos que quieren guiar por sí a todos, y que aprueban mal lo que no ordenan ellos, y que procuran no tenga autoridad lo que no es su juicio, a los cuales no quiero satisfacer, porque nace su error de su voluntad, y así no querrán ser satisfechos: más quiero rogar a los demás, que no les den crédito, por que no le merecen. Sola una cosa advertiré aquí, que es necesario se advierta, y es(2): que la santa madre, hablando de la oración que llama de quietud, y de otros grados más altos, y tratando de algunas particulares mercedes que Dios hace a las almas, en muchas partes destos libros acostumbra a decir, que está el alma junto a Dios, y que ambos se entienden, y que están las almas ciertas que Dios les habla, y otras cosas desta manera. En lo cual no ha de entender ninguno que pone certidumbre en la gracia, y justicia de los que se ocupan en estos ejercicios, ni de otros ningunos, por santos que sean, de manera que ellos estén ciertos de sí, que la tienen, sino son aquellos a quien Dios lo revela. Que la santa madre misma, que gozó de todo lo que en estos libros dice, y de mucho más que no dice, escribe en uno dellos estas palabras de sí(3). Y lo que no se puede sufrir, Señor, es, no poder saber cierto si os amo, y son aceptos mis deseos delante, de vos. Y en otra parte. Mas ay Dios mío, ¿cómo podré, yo saber que no estoy apartada de vos? ¡Oh vida mía, qué has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan importante! ¿Quién te buscara? Pues la ganancia que de ti se puede sacar, o esperar, que es contentar en todo a Dios, está tan incierta, y llena de peligros? Y en el libro de las Moradas(4), hablando de almas que han entrado en la séptima, que son las de mayor, y más perfecto grado, dice desta manera: De los pecados mortales que ellas entiendan estar libres, aunque no seguras, que ternán algunos que lo entienden, que no les será pequeño tormento. Solo quiere decir lo que es la verdad, que las almas en estos ejercicios sienten a Dios presente para los efectos que en ellas entonces hace, que son deleitarlas y alumbrarlas, dándoles avisos, y gustos; que aunque son grandes mercedes de Dios, y que muchas veces, o andan con la gracia que justifica, o encaminan a ella, pero no por eso son aquella misma gracia, ni nacen, ni se juntan siempre con ella. Como en la profecía se ve, que la puede haber en el que está en mal estado, el cual entonces está cierto de que Dios le habla, no se sabe si le justifica; y de hecho no le justifica Dios entonces, aunque le habla, y enseña. Y esto se ha de advertir, cuanto a toda la doctrina común, que en lo que toca particularmente a la santa madre, posible es que después que escribió las palabras que ahora yo refería, tuviese alguna propia revelación, y certificación de su gracia. Lo cual así como no es bien que se afirme por cierto, así no es justo que con pertinacia se niegue; porque fueron muy grandes, los dones que Dios en ella puso, y las mercedes que le hizo en sus años postreros, a que aluden algunas cosas de las que en estos libros escribe. Mas de lo que en ella por ventura pasó por merced singular, nadie, ha de hacer regla común. Hoy con este advertimiento queda libre de tropiezo toda aquella escritura. Que según yo juzgo, y espero será tan provechosa a las almas, cuanto en las de Vuestras Reverencias, que se criaron, y se mantienen con ella, se ve. A quien suplico se acuerden siempre en sus santas oraciones de mí. En san Felipe de Madrid a 15 de septiembre de 1587.